Año doce

Junio fue el mes de mi despedida. Despedida de un largo matrimonio en el que las más de las veces no había(mos) sido felices. Y no se trata de un anversario cualquiera, pues justo este año, el doce, se cumplen los mismos que lanena había vivido en el centro de esa relación que tan a menudo, a las dos, nos resultó tóxica.

Leí hace unos días un tweet en el que una mujer confesaba que no se había deshecho antes de su pareja por miedo a que los niños no lo entendieran y que, pasados unos años, descubrió que para ellos, los hijos, la convivencia con el padre había sido tan infernal como para ella. Son cosas que no se plantean cuando piensas que, por edad, y por seguir teniendo el referente masculino, los hijos no desean la separación de sus padres, porque, autoengañándote, no eres consciente de que ellos también son perjudicados por la toxicidad de una relación que ni es igualitaria ni es pacífica, ni siquiera es agradable…

Después, mucho tiempo después, curada o al menos recuperada de las heridas, como de refilón, porque estás charlando sobre otras cosas, porque la ves ilusionada por un chico, porque te cuenta la charla sobre violencia que les han ofrecido en el instituto, o simplemente porque ya duermes toda la noche, vas engordando porque comes mejor, desparece el rictus de amargura y los ojos ya no brillan tanto porque no lloras, la conversación se mueve hacia ese rincón que has mantenido oculto todo ese tiempo y resulta que descubres que durante los últimos años de la relación a tres no has sido la única perjudicada. Incluso después, cuando a ti ya no se te obligaba a tener ningún contacto pero sí a ella por las visitas quincenales, nada había mejorado, sino todo lo contrario…

Han pasado doce años y han cambiado muchas cosas. Yo tengo la suerte de no encontrarle ni por casualidad y ella ha reiniciado, con cariño, porque todos hemos madurado, una relación, ahora sí de igual a igual, con su padre, que al fin parece haber comprendido que su hija es lo mejor que le ha pasado en la vida. Tanto como para mí, aunque yo he tenido la suerte de que me haya querido incondicionalmente todos estos años.

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Y de repente…

Abrí la cuenta de correo vinculada al blog de casualidad y un poco por error. Como la primera vez. Y allí estaba. Aunque ahora con un par de letras más que en la anterior ocasión. Sorpresa pero también estupefacción. Hacía más de ocho años. Me pregunté, entre otras cosas, por qué. Y dudé si responder o no.

Y de repente lo que tenía por olvidado vuelve a ocupar, como un nítida imagen reciente, una parte de la mente que, al parecer, permanecía inactiva al creer que todo recuerdo se había borrado.

Hoy es viernes, pero sólo se trata de una casualidad, porque aunque Viernes ha vuelto, y yo sigo siendo amanda, ya nada puede ser igual.

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Paisajes.

Hoy hace dos meses que entramos en esta casa con lo imprescindible para pasar la primera noche y parte de la mañana siguiente. Llevábamos sábanas y toallas, los trastos de la perra y poco más, porque necesitábamos, aún habiendo llegado bastante tarde, quedarnos esa noche a dormir y despertarnos con la sensación de que, esta vez sí, habíamos acertado con el cambio.

Estos dos meses han conseguido cambiar no sólo mi ritmo de vida (la parte de ella que no dedico a la tarea de trabajar fuera de casa para conseguir la pasta suficiente para pagar el alquiler, que no es barato) sino también mi percepción de lo que me rodea. Estoy en la playa, a apenas unos metros del mar, que desde aquí apenas si se vislumbra, ni se oye normalmente porque no hemos tenido por el momento ningún temporal que mueva lo suficiente las olas. La playa que me corresponde por vecindario es como una bahía pequeña, tan cerrada que no hay apenas oleaje y sí muchas algas transportadas durante el último temporal de verano y que ahora no encuentran el suficiente empuje en el agua para volverlas adentro de nuevo, por lo que se han amontonado en la orilla. (Allí es donde la perra, en nuestros paseos casi a diario, encuentra sus aventuras y sus tesoros). Delante de mis ojos, como paisaje propio, unos altos árboles que, esos sí, suenan constantemente porque no sólo se mueven a ritmo de brisa y viento, sino también a ritmo de pájaros, que visitan constantemente la parte alta de sus ramas, con el suficiente escándalo en determinados momentos como para que los perros se pongan un poco nerviosos. Así que, en lugar de en la playa, la percepción es la de estar en el campo. Y no era esta la sensación que esperaba con la costosa mudanza.

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Silencios.

De vez en cuando ladra un perro. Incluso la mía parece haber aprendido a ladrar desde que estamos aquí. Supongo que tiene el estímulo de la conversación con los de su especie que viven en las dos casas vecinas y que suelen acompañar con sus ladridos el paso de cada persona, animal, o incluso cosa, que se mueve cerca de la verja detrás de la cual se hallan confinados. Nunca les he visto salir a dar un paseo con sus dueños, o cuidadores, o lo que sea que sean los dos jóvenes que llegan en el coche, haciendo mucho ruido, cada día por la noche.

Esos sonidos, los vecinos llegando, los perros ladrando, las hojas de los árboles meciéndose con el viento, incluso con la brisa, la lluvia los días que ha caído, los pájaros cuando se retiran a las ramas más altas y, los fines de semana, cuando se despiertan y salen de su letargo, son los únicos sonidos externos que llegan a mis oídos. En casa, la radio, la tele, mi propia voz hablando con la perra y el gato…Todo el tiempo restante sólo se escuchan silencios.

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Y ahora qué…

Esta pasada semana he estado tan inmersa en la actualidad política (como la mayoría, supongo) que apenas si me he prestado atención. A pesar de dos visitas obligadas a diferentes médicos para presentarles los resultados (buenas y malas noticias) de varias pruebas a las que me vengo sometiendo desde hace unos meses. Son buenas y malas las noticias dependiendo de la especialidad de cada uno de ellos, porque lo que a uno (internista) le parece justo dentro de la normalidad de persona de edad, a otro (traumatólogo) le preocupa el desgaste óseo que presenta alguna de las partes importantes de mi cuerpo. Al internista llegué derivada por el traumatólogo, pues no le cuadraba uno de mis dolores crónicos, y pensó que mejor me investigaban el corazón, por si acaso. Y por ahí, después de un electro, análisis varios de sangre y orina, radiografía y tac, todo ha resultado estar dentro de los parámetros normales. Así que nada de preocuparse. Sin embargo, para el traumatólogo, a falta de una resonancia, no le parece que esté todo tan bien como el informe del internista revela. O sea, que todavía voy a estar un tiempo sin tener un diagnóstico claro y un tratamiento que les parezca a ellos, que discrepan, efectivo. Mientras tanto yo, leyendo entre líneas los diferentes informes que han ido llegando a mis manos, compruebo que hay datos que ninguno de los dos, por no pertenecer a su especialidad, han tenido en cuenta. Y ahora qué hago… Puedo seguir consultando, mi seguro privado me lo permite, pero no quiero entrar en la vorágine de pasar por todos los especialistas que pasan consulta en el hospital del que soy clienta, ni quiero estar más tiempo pendiente de pruebas y resultados. Casi he decidido dejar de lado a todos y recomendarme yo misma una terapia, que comenzaría, por supuesto y sin lugar a dudas, por una vida más saludable.

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Otoño y cambio de hora.

Otro espléndido dia de sol después de una gran tormenta. Es el otoño, nos dicen en las noticias, aunque raro por las temperaturas, no deja de ser otoño. Y más lo será la próxima semana, cuando nos hayan robado esa hora de luz que tanto nos gusta a los que no somos noctámbulos. Yo me acuesto alrededor de las 22.30 todas las noches, tanto por aburrimiento como porque a la mañana madrugo. Antes veía El Intermedio, pero ya incluso he dejado de seguirlo. Agradezco a Netflix todo lo que permite ver a cambio. Me levanto sobre las 6.15, para estar en la oficina despierta y despejada a las 7.30. Suelo ser la primera en llegar, en ocasiones incluso antes que el vigilante, que es el que tiene las llaves. Y nadie se entera de que llego tan temprano hasta la hora de salida, cuando, cómo no, también soy la primera en marchar. Los comentarios comienzan cuando, a falta de diez minutos para las 14.30, yo voy apagando, recogiendo, sacando la tarjeta de fichar y poniéndome las gafas de sol. Que si dónde vas tan pronto, que si aún no es la hora, que por qué vienes tan temprano, si no es necesario madrugar tanto, total, para no hacer nada. ¿Nada? Es la media hora en la que más a gusto se trabaja, sin interferencias, sin voces, sin molestias, sin interrupciones… Luego sí, cuando ya han llegado casi todos, es la hora del café y el cigarrillo, de la tertulia, de la que yo me escapo, pues no tengo demasiada relación personal con nadie, y la profesional a esas horas no me interesa todavía.

No me gusta este cambio de hora, nunca me ha gustado. Las tardes deberían durar hasta la hora de la cena, como cuando éramos pequeños y jugábamos en la calle, que no recuerdo que anocheciera jamás. Hasta que nos llamaban de casa, a cada uno de la suya, para cenar. Ahí se acababa en aquellos años el día. Ahora que podríamos alargarlo, ya que dependemos de nosotros mismos para marcarnos los horarios, nos quitan las tardes. No me gusta este cambio de hora.

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Y llovió…

También se oscureció, anocheció de repente, y refrescó, aunque esta mañana hemos vuelto al punto de partida. De nuevo luce un precioso sol, que en la orilla del mar se disfruta como el doble, nos hemos quitado la chaqueta para quedarnos otra vez en manga corta y no parece que, de momento, vaya a empeorar. Aunque nunca se sabe, estamos en otoño y esto es mediterráneo, o sea que nada es seguro.

He dado mi paseo, corto porque los viernes suelo estar un poco más cansada. Esta vez tanto que incluso me he saltado la clase que tenía a las 5, aunque seguro que la podré recuperar. A estas alturas del grado casi agradezco quedarme en casa y estudiar un rato por mi cuenta antes que acudir a una de esas (in)útiles tutorías en el centro asociado. Además, está lanena, que este curso los viernes acaba pronto y llega a casa a comer. Se agradece tener compañía en la mesa, a pesar de que la hora de la siesta (sin siesta) prefiero estar a solas y en silencio, casi como si de verdad durmiera, aunque con los ojos abiertos y con la tele puesta que a esas horas no ponen noticias y me evito todo el lío de cosas que no quiero escuchar.

Esta mañana, leyendo los comentarios de Yabu y Manuti he pensado que igual debía echar la vista atrás y hacer un poco de crónica de lo que había acontecido en los tres años que llevaba sin escribir, porque me ha hecho ilusión que todavía hubiese alguien que siguiese confiando en mi vuelta, que no hubiese borrado el enlace, que me tuviese en cuenta a pesar de las ausencias. Y precisamente ellos, porque son de las primeras personas con las que tuve contacto por este medio, hace ya más de una década. Pero después lo he reconsiderado y, la verdad, para qué. Internet es tan efímero que antes de darle a la tecla de publicar ya queda antiguo el momento presente, así que lo de años anteriores puede ser considerado prehistoria, y, la verdad, no estoy como para bucear en ella. Así que ya iré viendo. De momento, parece que he vuelto, y aunque se me hace raro no tener un libro de texto a mano mientras tecleo en el portátil, compruebo que no he perdido la agilidad. Y seguro que voy mejorando…

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