Y llovió…

También se oscureció, anocheció de repente, y refrescó, aunque esta mañana hemos vuelto al punto de partida. De nuevo luce un precioso sol, que en la orilla del mar se disfruta como el doble, nos hemos quitado la chaqueta para quedarnos otra vez en manga corta y no parece que, de momento, vaya a empeorar. Aunque nunca se sabe, estamos en otoño y esto es mediterráneo, o sea que nada es seguro.

He dado mi paseo, corto porque los viernes suelo estar un poco más cansada. Esta vez tanto que incluso me he saltado la clase que tenía a las 5, aunque seguro que la podré recuperar. A estas alturas del grado casi agradezco quedarme en casa y estudiar un rato por mi cuenta antes que acudir a una de esas (in)útiles tutorías en el centro asociado. Además, está lanena, que este curso los viernes acaba pronto y llega a casa a comer. Se agradece tener compañía en la mesa, a pesar de que la hora de la siesta (sin siesta) prefiero estar a solas y en silencio, casi como si de verdad durmiera, aunque con los ojos abiertos y con la tele puesta que a esas horas no ponen noticias y me evito todo el lío de cosas que no quiero escuchar.

Esta mañana, leyendo los comentarios de Yabu y Manuti he pensado que igual debía echar la vista atrás y hacer un poco de crónica de lo que había acontecido en los tres años que llevaba sin escribir, porque me ha hecho ilusión que todavía hubiese alguien que siguiese confiando en mi vuelta, que no hubiese borrado el enlace, que me tuviese en cuenta a pesar de las ausencias. Y precisamente ellos, porque son de las primeras personas con las que tuve contacto por este medio, hace ya más de una década. Pero después lo he reconsiderado y, la verdad, para qué. Internet es tan efímero que antes de darle a la tecla de publicar ya queda antiguo el momento presente, así que lo de años anteriores puede ser considerado prehistoria, y, la verdad, no estoy como para bucear en ella. Así que ya iré viendo. De momento, parece que he vuelto, y aunque se me hace raro no tener un libro de texto a mano mientras tecleo en el portátil, compruebo que no he perdido la agilidad. Y seguro que voy mejorando…

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El reto de los cien días.

Todo empezó en septiembre. Laura nos propuso un reto que debíamos llevar a cabo durante cien días. Yo me comprometí. A caminar, al menos, una hora diaria y a escribir, también a diario, aunque sin tiempo predeterminado. Y llevo ya un mes y medio de retraso.

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En ese tiempo, casi récord para mi ritmo de vida desde hace unos años, he cambiado de paisaje, además de carácter, creo, a resultas de la mudanza. Éste es mi paisaje actual, y tengo el mar a la vuelta de la esquina. Vengo ahora de allí, de mi paseo, que no caminata, con la perra que siempre me saca de casa. He pensado que hoy era un buen día (tan bueno como cualquier otro) para retomar este blog, varios años ya olvidado. Tan olvidado que ni siquiera recordaba cómo entrar y, mucho menos desde qué pestaña se podía empezar a escribir y ya veré si soy capaz de publicarlo. Pero aquí estoy, aunque no quiero comprometerme a nada. Aunque por qué no, si antes, mucho antes creo recordar, con menos tiempo libre, lo hacía a diario. Quizá la cuestión es que antes tenía menos tiempo pero más vida. Incluso es posible que ahora tenga más de esto último y también un poco más de pereza. Aunque voy cumpliendo años, creo que no crezco, sino que, por el contrario, decrezco, o voy recobrando perezas de adolescencia. Es decir, puede que no esté en mi mejor momento de madurez, y aun así, voy a intentarlo. Siempre en directo, sin correcciones, como lo hice durante todo el tiempo que me mantuve conectada a esta vida tan real que en ocasiones vivía más aquí que en el planeta tierra.

Y además, voy a dejar constancia en la página del reto de que hoy empiezo con éste, y aunque sea un poco por vergüencita de no cumplirlo, voy a por ello. Si durante tanto tiempo supuso una satisfacción, a la par que un desahogo, puede que siga teniendo el mismo efecto.

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Dimensión.

amor virtual

Me enamoré en primavera. También me enamoré en verano. Podría volver a enamorarme en otoño. Aunque ahora creo que ya estoy moviéndome en otra dimensión.

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Mañana.

erica hopper

Aunque hoy ya es el mañana de ayer, yo continúo pensando que algún día – ayer, hoy, mañana- será el acertado, llegará.

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La cita (2)

fiebre1

Y, cuando parecía que iba a volver a empezar, surgió la fiebre…

Un virus inesperado interrumpió la segunda parte, que se prometía tan memorable como la anterior…

Como las conversaciones que mantenían en el chat cuando alguien se acercaba -en cualquiera de los lados, cualquier día, a cualquier hora- a incordiar…

No supuso, sin embargo, el fin de la cita. Esa es otra historia que todavía no se puede contar…

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La cita (1).

baño
La noche llegó, con su lluvia. Y el deseo intacto, si no aumentado…

Al fin apareció en la pequeña pantalla del móvil la proposición correcta y entonces a ella le entraron de súbito las ganas de salir. Tan sólo había tomado unas cervezas y un helado , y presumiendo una noche larga y excitante, pensó que más le convenía comer, si no quería desfallecer al primer envite. Así que le envió una foto tomada apenas unas horas antes, le dio largas y desconectó, sin esperar una respuesta que, estaba convencida, no le iba a gustar…

Pero, consciente de que el juego del gato y el ratón no podía durar mucho más, y teniendo todavía la situación controlada, el siguiente mensaje fue un sitio concreto y una hora próxima. Ya no quería dilatarlo más…

Dos abrazos y un casto beso en la calle después casi lo arrastró a la habitación que -con tanto esmero- había elegido para el encuentro, que se suponía, por la experiencia virtual, iba a resultar triunfal…

Varias horas después ambos seguían despiertos, sudados, húmedos, satisfechos, perfumados de sus fluidos, desinhibidos, contentos…

Y ni una sola palabra de amor…

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La cita.

manos

Cuando una mujer seductora y sensual se prepara para la primera cita con el que puede resultar el hombre de su vida, no deja casi ningún detalle al azar. De los que dependen de ella, por puntualizar…

Una sesión de depilación, peluquería y spa el día anterior para llegar en perfecto estado de revista, y, además, hidratada, masajeada por manos expertas y relajada, no vaya a surgir un ataque indeseado de ansiedad…

Una visita a la lencería de referencia, para renovar el vestuario interior, no por usado el habitual, sino por deseo expreso de estrenar…

Un hotelito con encanto buscado y encontrado en la red y reservado utilizando todos los métodos de seducción, que en el puente no habían contado con tanta ocupación…

El que podía haber sido un destino neutral se convierte, por expreso deseo de la mujer, -seductora, sensual y con ambición de, aún jugando de farol, triunfar, por lo que lleva la iniciativa-, en la ciudad de residencia de él, dándole todas las facilidades para que el encuentro no le resulte gravoso por tenerse que desplazar…

Por un instante cree que la va a recibir en la estación. Cuando comprueba que no, y que ha de tomar un taxi, piensa que la sorpresa se la llevará viéndole al llegar a la puerta del hotel. Tampoco lo encuentra allí, y empieza a dudar de haberle proporcionado las coordenadas correctas. Le envía un mensaje que se pierde en el ciberespacio, o al menos eso piensa, al no recibir respuesta, que -considera- habría de ser inmediata…

Y aún así, más de tres horas después de su llegada, sigue recibiendo excusas que, mantiéndose a un nivel superior de ironía y sarcasmo, prefiere no comentar…

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